
Foto: Susannah B
La juventud (me incluyo) estamos podridos. Tal vez no sea la palabra correcta, o tal vez sí. La podredumbre se reintegra a la vida y crea vida nueva, pero de ella, en sí misma, es poco lo que se puede recuperar. Entonces no estamos podridos, estamos vacíos y faltos de miras hacia qué aspirar. A veces buscamos tanto y encontramos tan poco, porque seguramente lo hacemos donde no vamos a hallar.
Estamos podridos porque no sabemos a dónde vamos, ni que queremos, mucho menos quiénes somos. Ni como individuos ni como sociedad. En tiempos pasados había fuerzas comunitarias juveniles que tenían esperanza en el futuro, basados en viejas o nuevas ideas y se unían a causas que a veces útiles, a veces no, tenían un sentido.
Hoy los que somos “el futuro del mundo” no tenemos más guía que la propia, dentro de una sociedad también sin rumbo y sin miras, ningún camino más que el que cada quién en su egoísmo aprendido alcanza a vislumbrar. Y eso nos lleva a insatisfacciones eternas, desde los 10 hasta los infinitos años de edad. (Nunca sobra decir que nada es generalizable, yo sólo hablo por lo que vivo y en ese vivir observo).
Yo ahora sólo veo el mirar hacia dentro. “Conócete a ti mismo”.
También el hedonismo por otro lado me hace cosquillas, pero me queda muy claro que no sólo por ahí se puede navegar.
La vida es un cruce de corrientes, diferentes para cada cual. Por lo menos que los podridos tengamos fuerzas para navegarlas y disfrutar cuando haya buena mar. En algún momento cambiará nuestra perspectiva. ¡Ay! Pero cuando esa energía interna falla, ¡qué difícil es querer seguir en el agua, qué difícil intentar timonear, qué ganas de dejarse a la deriva y ver qué pasa! Es preocupante esa situación, pero la veo, desde mi cerrada perspectiva -y tristemente tan común-, más cuando yo misma he estado en ella. Es grande y fuerte el que sale sin ayuda de un pantano así. Ayudemos, quienes podamos, a sacar de ese estado a quienes sin saberlo desean hundirse; más aún a los que lo intentan con desesperación, porque en la penumbra en la que se encuentran les es difícil vislumbrar la posibilidad de algo diferente, de una vida no podrida, de una vida y ya. De una vida sana, donde caben y se aceptan sin tanto meollo en el alma tanto las tristezas como las alegrías.
Ayudémonos, amigos podridos, a convertirnos en composta a través de la cual se nutra la vida. La vida que en resumidas cuentas, no puede ser vida sin amor, en la acepción más amplia y universal de la palabra.
Amémonos.